El
tema del escultismo ya es una parte modesta de la literatura mexicana
por el notable cuento de Jorge Ibargüengoitia sobre su viaje al Jamboree
de París, después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando lo leí me retorcí
de risa, sobre todo porque conocía a buena parte de los protagonistas
que eran el grupo "renegado" de scouts del grupo VII al cual Ibargüengoitia
se alió para poder asistir a esa reunión mundial, en contra de los
usos y costumbres de la oficina de la Asociación de Scouts de México,
compuesta de "niños bien" sin espíritu de aventura y sin sentido del
humor. En este breve relato, quiero unirme al modo festivo y nostálgico
de Ibargüengoitia para sacar mis añoranzas de cuando era scout de
la Patrulla Rinocerontes, que en forma afectuosa se llamaba de los
"Rinos".

No
deja de perseguirme la imagen que tengo entre sublime y ridícula de
tantos campamentos, excursiones y juntas. Por un lado, la parte sublime
de luchar como San Jorge contra el dragón y por otra, la parte francamente
ridícula de vernos empapados por la lluvia, friolentos y con hambre
por habernos atrevido a salir a las montañas de la sierra del Ajusco
cuando todas las personas sensatas estaban calientitas, en casa, oyendo
el radio o viendo la televisión. Quizás la mejor enseñanza que tuve
fue no perder el sentido del buen humor y poderme reír a carcajadas
y a veces, sonreír levemente por todas las tonterías en las que nos
metimos, las penalidades que sufrimos y, finalmente, el desenlace
poco solemne de nuestras aventuras, de vuelta a casita: mugrosos,
cansados, ateridos de frío y convencidos de nuestra superioridad sobre
los pobres mortales llamados "gamberros", es decir la gente común
y corriente, que no sabía como atarse con una sola mano a un cable
con un nudo "as de guía" o que ignoraba los misterios de como hacer
una construcción usando el nudo de "doble ballestrinque" que en el
Pequeño Larousse Ilustrado aparece con la misteriosa descripción "especie
de nudo".
Héctor
Sparrowe, quien fue mi guía o jefe de patrulla entre 1952 y 1955,
contribuyó en gran medida a tener un sano escepticismo sobre las reglas
formales, las leyes y las buenas costumbres. No dejo de acreditarle
que su continua actitud burlona ante todo el mundo, incluyendo a él
mismo, me dio un ejemplo de no tomarme demasiado en serio. Cosa que
después me ayudó a enfrentar problemas más complicados en mi vida
profesional. Sé que Héctor dirá todo lo contrario de lo que yo afirme,
lo cual confirma su terca posición "contreras" ante el mundo, cosa
que le acredito como ilustrativa de mis recuerdos. Por otra parte,
la actitud desafiante ante las buenas costumbres y estilos de la Asociación,
nuestro estilo de pandilla que estaba algo fuera de los reglamentos
y que al mismo tiempo podía construir con mayor eficiencia y calidad
un campamento o llegar más pronto a la cima de un cerro, era parte
del espíritu juvenil y travieso que espero no me abandone cuando esté
en los últimos suspiros de esta vida.
Otros
guías, siguieron a Héctor que reafirmaron nuestra posición de forajidos
con buenas conciencias, como Raúl Olagaray y Víctor Manuel Serrato
y luego me tocó el turno de ser guía, pero quizás con mucho menor
espíritu de aventura que mis antecesores.
Ahora
que veo mi desempeño como profesor ya añejo en la Universidad Autónoma
Metropolitana, creo que he seguido las huellas que se marcaron en
mi persona cuando era 3er o 4to scout, de la Patrulla Rinos. Veo que
he repetido las tácticas aprendidas, tratando de imbuir en mis colegas
el espíritu de aventura y de lealtad a nuestros propósitos comunes,
la idea de que somos originales y creativos, capaces de equivocarnos
y sobre todo, con un sentido del humor que permita superar las ridiculeces
de nuestros miedos, rencores y desconfianzas.
Veo que aprendí,
desde joven el arte de improvisar para salir de un problema y que
esa astucia me ha servido para usar la frase de Kipling "que tu palabra
sincera sea trampa de tontos en boca de necios" pues no he encontrado
una grilla más astuta y retorcida que decir la verdad. Lamentablemente,
casi nadie la cree. Se imaginan que dijo uno blanco, pensando que
era negro y, lamentablemente para ellos, era blanco, porque lo habíamos
visto como blanco, habíamos comprobado repetidamente que tan blanco
era y sabíamos que nos gustaba que así fuera. Pero muchos, desconfiando
de la gente que dice tantas mentiras no pueden imaginarse que desde
el principio y sin aviso adicional, les vamos a decir la verdad que
viene de nuestra mente y por la cual estamos dispuestos a luchar.
Esa simple argucia de la vida, la aprendí diciendo la verdad cuando
era scout, porque era la práctica más cómoda y sencilla para relacionarnos.
Otra lección aprendida
fue la capacidad de afrontar la adversidad sin asustarnos. No se me
pueden olvidar las veces que no pudimos dormir con la comida caliente
porque todo el bosque estaba empapado, cuando nuestra tienda se inundó
porque la pusimos en el sitio por donde bajaba el torrente de agua
del cerro o cuando perdimos el camión y tuvimos que caminar kilómetros
y kilómetros para llegar a una carretera en la que nos pudieran dar
aventón de regreso a casa. Desde muy niño, me acuerdo cuando tuve
que caminar por el cerro, en medio de un aguacero, para llegar al
cerro de La Campana o cuando tuvimos que subir rumbo a Los Dinamos,
en medio de la noche nublada, sin saber bien que cruzábamos un puente
de un acueducto, con una barranca de 20 metros de profundidad. En
ese caso, me acuerdo de la anécdota de un viejo scout, que sintiéndose
sabio, nos decía que en la vereda oscura debíamos distinguir los agujeros
de las manchas oscuras de humedad y que al terminar la frase se cayó
en una "humedad" de varios metros de profundidad. El resultado fue
la risa de todos nosotros que acudimos a rescatarlo.
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Quizás
algo nos unía: el gusto por la aventura y al mismo tiempo la
confianza y lealtad que sentíamos unos por otros para ganar
una competencia, basados en nuestra astucia, agilidad y entusiasmo.
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Ese
gusto por ver la vida como una aventura que vale la pena ser vivida
no se me ha quitado. Tampoco el gusto correr aventuras que nos dejaran
una buena impresión de nosotros mismos, de los que nos sintiéramos
orgullosos y nunca avergonzados.
En fin, mis recuerdos
como scout de la Rinos están llenos de imágenes alegres, en su mayor
parte, de pequeñas hazañas de superación de miedos infantiles y de
un contacto cercano con el campo y la naturaleza que quizás ahora
es difícil repetir.
Gustavo
Viniegra González
Entregado a
Iván Guerra Villasana durante la cena del 60 aniversario de fundación
de la Patrulla Rinocerontes. 4 de diciembre de 1999.