En
noviembre de 1899, un arrogante y mofletudo corresponsal del Morning
Post de Londres llega a Estcourt, un poblado cercano a la sitiada
Ladysmith. Sus ansias por ver acción lo llevan a abordar un
tren blindado que en ese momento parte en auxilio de una asediada
partida de exploración; los propios refuerzos son emboscados
kilómetros adelante por 300 bóers con tres piezas de
artillería, que desatan una lluvia de fuego sobre los británicos.
Años
atrás, aquel periodista, llamado Winston Churchill, refunfuñaba
ante sus compañeros del Real Colegio Militar de Sandhurst por
el hecho de que el ejército de Su Majestad no hubiera disparado
ni una triste bala sobre soldados blancos desde
la guerra de Crimea, consolándose con la idea de que, al menos,
todavía quedaban pueblos bárbaros contra quienes combatir.
Las
ansias bélicas del hijo de lord Randolph Churchill, un connotado
político de la época, sumadas a su habilidad para esgrimir
la pluma, lo llevarían a La Habana con la acreditación
de un diario londinense para cubrir la lucha independentista en la
que se encontraba inmersa Cuba, entonces todavía colonia española
-ahí le agarra el gusto a los habanos, convertidos con el paso
del tiempo en su sello distintivo-; posteriormente, participa en
las campañas contra los pathans en la India y los derviches
de Sudán, en 1898.
-¡Mantengan
la calma! ¡Nadie puede ser herido dos veces en el mismo día!
-arenga un año después el sarcástico Winston
entre el zumbido de las balas bóers, mientras ayuda a sus maltrechos
compañeros a subir a la máquina que emprende el apresurado
regreso, dejando atrás varios vagones descarrilados y numerosos
soldados en retirada.
Más
adelante le ordena al maquinista detenerse para permitirle a la fatigada
infantería alcanzarlos. Salta a tierra al momento de reiniciarse
el tiroteo enemigo, obligándolo a ponerse al cubierto en una
hondonada cercana, por donde se arrastra hasta toparse con la boca
del cañón de un fusil, cuyo dueño 10 conmina
a rendirse. Su captor, Luis Botha, pasados los años llegaría
a convertirse en primer ministro de la Unión Sudafricana.
El
hecho de que el joven periodista haya tomado parte en una acción
militar abre la posibilidad de colocarlo frente a un pelotón
de fusilamiento, pero sus captores optan por trasladarlo a Pretoria
como prisionero de guerra. Churchill exige su liberación alegando
su condición de corresponsal de prensa, pero ya su identidad
ha quedado al descubierto.
-No
todos los días capturamos al hijo de un lord -le replican,
sellando así su destino.
Lo
recluyen junto con 60 oficiales británicos en una escuela
acondicionada como prisión; entre ellos se encuentra el capitán
del tren emboscado en Estcourt, quien decide fugarse junto con un
sargento. Churchill pide acompañarlos. El plan es muy sencillo:
a través del techo de la letrina se descolgarán del
muro que da al exterior, para luego atravesar 450 kilómetros
de territorio hostil hasta la frontera del África Oriental
portuguesa.
La
noche del 12 de diciembre de 1899 Churchill se descuelga fuera de
la escuela-prisión, ocultándose en unos arbustos a la
espera de sus compañeros. Media hora después escucha
la voz de uno de ellos proveniente del otro lado del muro, indicándole
que la estrecha vigilancia hace imposible cualquier intento de escape,
recomendándole regresar. El futuro primer ministro de Inglaterra
decide continuar solo, dando inicio a una fuga que llegaría
a ser legendaria.

Imagen tomada de
www.churchill.nls.ac.uk
Con
75 libras esterlinas en el bolsillo, cuatro barras de chocolate y
un total desconocimiento de la lengua local el fugitivo camina hasta
encontrar una línea ferroviaria, donde aborda subrepticiamente
un tren de carga cuyo destino ignora. ¿Irá rumbo a la
frontera portuguesa o en sentido contrario?, cavila el polizón
durante toda la noche. La duda lo hace bajarse y comenzar a caminar
bajo el sol abrasador del verano austral. Llega a un caserío
donde, desesperado por la sed, toca una puerta e improvisa una perorata
para explicar su presencia en el lugar.
-No
hay necesidad de mentir -lo interrumpe el hombre parado bajo el umbral-.
Usted es Winston Churchill y ésta es la única casa en
20 millas a la redonda donde no será denunciado.
Su
endemoniada suerte 10 había llevado a tocar "la puerta
del administrador británico de una mina de carbón.
Para
entonces la búsqueda del fugitivo había desatado una
intensa cacería por todo el Transvaal, distribuyéndose
carteles donde se anuncia una recompensa de 25 libras por su captura,
vivo o muerto, con la siguiente descripción: "Inglés
de 25 años, aproximadamente de unos cinco pies y ocho pulgadas
de estatura, complexión normal, camina inclinado hacia delante,
pálido, cabello rojizo, bigote pequeño y escasamente
notorio, habla nasalmente y no puede pronunciar debidamente la letra
's'''.
El
fugitivo permanece escondido con su benefactor hasta que éste,
ayudado por otros mineros, le proporciona una pistola -la que garantiza
su ejecución en caso de recaptura- antes de
colocarlo entre las pacas de algodón de un tren de carga con
destino al puerto de Lourenço Marques. Ante sus ojos desfilan
los nombres de Dalmanutha, Machadodorp, Nooidgedacht y otra quincena
de poblados con nombres igual de impronunciables, en su camino a las
costas del océano Índico. Tres días después,
una figura ennegrecida por el hollín se presenta en el consulado
británico de la colonia portuguesa, desde donde se difunde
la noticia de su espectacular escape a una Gran Bretaña urgida
en ese momento de un aliciente para su vapuleada moral por las victorias
del enemigo.
Churchill
se reincorpora a la lucha y participa en la batalla de Spion Kop
así como en la liberación de Ladysmith, sin descuidar
el envío de sus articulo s a Londres. "Hablar con usted
es como hablarle a un fonógrafo", comenta Baden-Powell,
luego de ser entrevistado en exclusiva por el periodista al término
del sitio de Mafeking.
Años
después, uno de los carteles donde se ofrecía la recompensa
por su captura colgaba enmarcado en la oficina del estadista, como
un preciado recuerdo de sus aventuras africanas.
Extracto
del libro"Apuntes de la guerra anglo-bóer"
por Arturo
Reyes Fragoso. Edición 2003, editado por Cuadernos del Centro
de Estudios del Escultismo.